Copa en mano en medio del bullicio del bar y de un grupo de mujeres que lo invitaban a bailar Martín sintió aburrimiento, ese tipo de aburrimiento de saber exactamente lo que iba a ocurrir, ese presagio milimétrico de los acontecimientos que seguramente lo iban a hacer sentirse más solo a la mañana siguiente·

Pero esa noche no estaba dispuesto a esa rutina, y sin palabras de por medio se despidió de todos, salió rápidamente antes de que alguien tratara de detenerlo. Ya en su vehículo condujo sin rumbo por algunos minutos, sus pensamientos no eran claros, conducía como un autómata, como aquellos taxistas que en la madrugada lo habían llevado tantas veces a su departamento, aquellos que no querían entablar ninguna conversación, solo conducir hasta dejar al pasajero, contando los segundos para terminar ese viaje, cobrar y marcharse. Ahora entendía a los taxistas de la noche, y sintió pena por ellos. Un profundo cansancio lo invadió y decidió regresar a casa, quería acostarse y no pensar en nada, solo dormir. Subió hasta su departamento, tiró las llaves en una mesita y se desvistió en la sala misma, lanzó la ropa por donde cayera, y se dirigió al armario de la habitación para buscar la piyama. Mientras se cambiaba descubrió en el fondo del armario sus zapatos de excursión, estaban dentro de una bolsa plástica transparente, y pese a sus esfuerzos por recordar cuándo los había usado por última vez no pudo llegar a nada. Cuando los miró bien notó que tenían un poco de tierra seca en la suela, pero no encontró rastro en su memoria de cuando se los puso por última vez. Los regresó a su sitio y cerró el armario. Apagó las luces y se acostó, no podía dejar de pensar, en realidad en nada concreto, las ideas iban y venían sin rumbo cierto, eso lo fastidiaba, quería dormirse de una vez, pero sabía que esos desvaríos solo cesarían cuando el cansancio lo dejara exhausto y se quedara dormido. Pensó en los zapatos,seguía sin saber cuándo los había usado, sin embargo sí recordaba el día que los compró y la emoción que eso le produjo, en aquel momento le vino la duda de si los usaría alguna vez, pero pasó por alto esa advertencia de la razón y los compró sin remordimientos. Le dieron ganas de limpiarlos, aunque supuso que a esa hora no sería una buena idea, quizá usarlos nuevamente le daría la excusa perfecta para lavarlos apropiadamente. La conclusión era obvia, tenía que salir de excursión y limpiarlos al regreso. Encendió la luz de la mesita de noche y fijó la alarma para antes del amanecer, estaba decidido a salir de paseo al día siguiente. Mientras planeaba donde ir el cansancio lo iba envolviendo suavemente, hasta que por fin encontró el descanso que tanto deseaba y se durmió.

   La alarma sonó con violencia, con un tono que seguramente había sido diseñado no solo para despertar a las personas sino para provocarles una alteración nerviosa. Martín despertó con un sobresalto y de un manotazo apagó el aparato, en ese instante pensó quedarse en la cama todo el día, pero una reflexión, que casi se parecía a un sueño, le hizo darse cuenta de que si ese sábado no salía de casa el tedio lo volvería loco. Con gran esfuerzo se metió en la ducha y salió un poco más despierto, aunque sus sentidos todavía no estaban bien calibrados. Se vistió con su atuendo de explorador, recogió ropa y algunos artilugios que seguramente le servirían para el paseo, y los metió en una mochila. Los zapatos se los calzó al momento de salir del departamento para no ensuciar el piso con los restos de tierra que todavía tenían en las suelas.

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   Condujo con tranquilidad, notó que había suficiente combustible para salir de la ciudad y llegar hasta su destino, se relajó y comenzó a disfrutar del viaje.

El amanecer ocurrió cuando los edificios habían dado paso a pequeñas casas ubicadas en medio de grandes cultivos, y descubrió entre las montañas un resplandor anaranjado que iba disolviendo las pequeñas nubes que se interponían a un resplandeciente sol que estaba muy cerca. Se detuvo en un pequeño restaurante para comer algo y comprar alimentos y bebidas ligeras para la excursión. En ese momento decidió que pasaría la noche en las faldas del volcán, por lo que se llevó algunas cosas más de las previstas. Sí, esa idea le agradaba, pasar la noche en el páramo bajo un cielo estrellado y una fogata a sus pies. Su ánimo se reestableció, parecía que en ese momento había despertado finalmente. Dejó la autopista y tomó por un camino de piedras, su diminuto vehículo parecía un velero en medio de una tempestad de olas gigantes, y a cada instante parecía que iba a sucumbir antes las rocas que tenía que atravesar, pero Martín ya había puesto a prueba a su automóvil en situaciones similares y hasta ese día jamás le había fallado. Atravesó el mar de rocas y llegó hasta una planicie donde el volcán le dio la bienvenida desde su magnífica posición, la visión era alucinante, se detuvo ante la imponente mole de roca y nieves perpetuas. Una sonrisa leve se dibujó en su rostro. Siguió atravesando por un camino que serpenteaba un mar de rocas que alguna vez fueron expulsadas por el volcán, algunas tenían el tamaño del vehículo. Imaginó como las rocas incandescentes salían a gran velocidad de la boca del volcán envueltas en llamas, por un instante se vio a sí mismo esquivando las rocas en su diminuto automóvil mientras conducía a gran velocidad. Al fin divisó un conjunto de cabañas desperdigadas en las faldas de una colina, tenían techo de paja y estaban alejadas entre sí aproximadamente diez metros. Un bosque de polylepis cubría casi toda la extensión de la colina, ese era el sitio donde pasaría la noche. Al llegar encontró solo una camioneta estacionada, lo cual parecía extraño considerando que ese hotel normalmente albergaba a decenas de andinistas. Se dirigió hasta la recepción, que en realidad era una cabaña muy similar a las otras aunque de mayor tamaño, antes de que pudiera entrar un hombre corpulento lo detuvo a pocos metros de la puerta. Martín descubrió con sorpresa que estaba exageradamente abrigado y además tenía el rostro cubierto por vellos, una mezcla de barba, cabellos y demás que no supo reconocer en ese momento. De entre esa maraña de pelos sobresalían apenas sus ojos y no pudo dejar de pensar que estaba frente al mismísimo abominable hombre del páramo. Trató de contener una sonrisa en el momento en que le explicaba que no tenía suficientes huéspedes ese fin de semana y que por lo tanto cerraría las cabañas hasta dentro de algunos días. Con algo de desesperación Martín le contó que solo quería pasar una noche, que a la mañana siguiente se marcharía temprano, que solo quería hacer una fogata. El hombre miró de arriba abajo al insistente viajero como midiendo su grado de confiabilidad, luego observó por encima del hombro y descubrió al diminuto automóvil que estaba parqueado junto a su camioneta. Le preguntó si había llegado en ese vehículo, y Martín describió con cierto orgullo cómo condujo hasta allí. Al parecer esto conmovió al barbudo y le ofreció un trato: debería pagar por adelantado por la noche, y al amanecer debería dejar las llaves de la cabaña en un casillero ubicado en la entrada de la recepción. Aceptó sin objetar ninguna de las condiciones. Mientras caminaba con las llaves en mano hacia la cabaña que le habían asignado, Martín escuchó como la camioneta del recepcionista se alejaba. La cabaña tenía un pequeño porche donde estaba una mecedora bastante rústica, al abrir la puerta una fuerte sensación de humedad golpeó su cara, pese a esta impresión el interior estaba bien equipado y parecía mucho más grande de lo que aparentaba desde afuera. Abrió las ventanas para que circulara un poco de aire, luego desempacó su mochila y sacó los implementos que necesitaría. En pocos minutos un viento glacial invadió el interior de la cabaña y rápidamente tuvo que cerrar las ventanas y la puerta. La cabaña quedó sumida en una penumbra casi total, sin embargo descubrió junto a la puerta un interruptor que activó una bombilla ubicada sobre la cama, y al instante un leve resplandor devolvió las formas al interior de la cabaña.

   Todavía era temprano y Martín podía aprovechar lo que quedaba de esa mañana. Empacó su mochila con las pocas cosas que necesitaría para la excursión, y emprendió el viaje siguiendo un camino cuesta arriba que atravesaba algunas otras cabañas. Más adelante, según las instrucciones del abominable hombre del páramo, comenzaría el ascenso al páramo y hacia las faldas del volcán. Al principio su respiración se dificultaba, cada paso que daba iba acompañado de una fuerte abrasión en la garganta, pero eso no detuvo su paso, que aunque lento era constante. Poco después su cuerpo se acostumbró al clima y la altitud, y el recorrido comenzó a ser más agradable. Llegó hasta los pajonales, se quitó los guantes y rozó apenas el rocío que se había formado en las hojas de los arbustos por donde pasaba; por un instante el viento dejó de soplar y solo escuchó su respiración. Cuando miró hacia arriba las nubes dieron paso a la majestuosa vista del volcán, en ese instante parecía que el tiempo se había detenido, esa visión lo eclipsaba todo. En cuestión se segundos Martín lo experimentó todo: asombro, euforia, soledad y la humilde aceptación de su insignificancia. Pasó así algunos minutos, hipnotizado por el volcán.

   Cuando por fin reaccionó buscó un sitio adecuado para comer. Miró por primera vez hacia abajo y descubrió que había caminado algunos kilómetros, desde esa posición el conjunto de cabañas se veían diminutas en medio de un inmenso páramo. Calculó que tenía todavía algunas horas antes del anochecer, así que se acomodó entre los pajonales para tomar un descanso. Cerró los ojos.

   Despertó con un sobresalto y mucho frío, sin darse cuenta se quedó dormido por más tiempo del que hubiera imaginado, el viento era muy fuerte y en pocos minutos anochecería por completo, tomó sus cosas y descendió la montaña con algo de desesperación. Pasó por el bosquecillo de polylepis, y lo que al principio le apareció como un pintoresco paisaje en ese momento adquirió una apariencia un tanto fantasmagórica: los árboles parecían personas torcidas y desfiguradas, y sus sombras eran más horrendas todavía. Por fin llegó a su cabaña, y al encender la luz el interior se veía más tétrico que en la mañana, pensó que quizá no fue buena idea pasar la noche allí. Lo que había planeado como una noche serena junto a una fogata, mirando las estrellas y la luna, ahora se veía como una noche de muchas incertidumbres.

   Organizó un poco el lugar y se preparó para salir a dar un paseo por los alrededores en los últimos segundos del crepúsculo, quizá con algo de suerte podría encontrar leños para hacer la fogata. La noche sorprendió a Martín arrastrando un largo y pesado tronco que pese a sus múltiples intentos jamás se prendió, definitivamente la parte del plan donde pasaría junto a una fogata no se concretaría, por lo menos el cielo estaba despejándose y una gran luna aparecía detrás de unas pequeñas nubes, que con un poco de suerte la dejarían ver en todo su esplendor.

   Sentado en la mecedora de su cabaña y con los pies sobre el barandal disfrutó de la hermosa vista de una gigantesca luna, y la silueta de las montañas que circundaban el páramo andino, sin embargo el viento helado comenzaba a desanimarlo de permanecer más tiempo en la mecedora, y aunque se abrigó con todas las cobijas que encontró el frío no disminuyó; ya era hora de afrontar un temor que había experimentado al instante mismo que entró en la cabaña: pasar la noche allí.

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   Al principio la oscuridad lo invadía todo, por segundos no pudo ver absolutamente nada y eso lo llenó de angustia, pero el reflejo de la luna que se filtraba por debajo de la puerta lo hizo retomar el valor, muy adentro sabía que la tarea de dormirse iba a ser monumental dadas las circunstancias. Cerró los ojos, pero los abrió nuevamente y en ese instante notó que el reflejo que salía por debajo de la puerta fue interrumpido por una sombra, recordó los árboles fuera de la cabaña, seguramente el viento hizo que una rama produjera esa sombra. Se tapó con las cobijas hasta la nariz y cerró nuevamente los ojos.

   El ruido del viento lo despertó, no supo cuánto había dormido, podrían haber sido pocos minutos o algunas horas. La puerta sucumbía a los arrebatos de viento y la golpeaba con insistencia, de pronto la puerta se abrió por completo y dejó entrar un ventarrón helado, Martín vio con asombro como la mecedora se movía, cuando puso más atención notó que los movimientos no eran torpes vaivenes, sino movimientos continuos y sincronizados, como si alguien estuviera sobre ella. Esta visión lo horrorizó, y sin pensarlo mucho saltó de la cama y cerró la puerta con violencia.

   Sería imposible dormir, Martín se aferró a sus cobijas que ahora lo cubrían hasta los ojos, su respiración estaba agitada. El viento soplaba con fuerza y la puerta hacía nobles intentos por resistir, pero el ruido que producía era insoportable, y ese resplandor que surgía por debajo de la puerta ahora parecía más intenso. Definitivamente estaba entrando en un estado de pánico que no había experimentado en muchos años, trató de tranquilizarse respirando despacio. Cerró los ojos.

   Cuando despertó seguía en la misma posición que cuando se acostó, y nuevamente no sabía cuánto había dormido, la puerta estaba inmóvil y parecía que las ráfagas de viento cesaron, sin embargo el resplandor de la luna seguía desplegando destellos por debajo de la puerta. Parecía que lo peor había pasado, por un instante sintió vergüenza de sus reacciones anteriores, sonrió y se acurrucó para tratar de dormir un poco más antes de regresar a la ciudad. Cuando el sueño comenzaba a envolverlo la puerta hizo un ruido extraño, y comenzó a abrirse lentamente, muy despacio, produciendo ese chirrido tan peculiar de las puertas viejas; Martín abrió los ojos y poco a poco fue descubriendo a la mecedora que seguía en su impasible movimiento, pero ahora iba más despacio; cuando la puerta seguía en su interminable movimiento surgió algo que estaba junto a la mecedora, parecía una canasta, y algo se movía dentro de ella.

La visión lo dejó petrificado, quería gritar y salir corriendo, tomó aliento y cogió las llaves del carro que estaban en una mesita junto a la cama, solo quería escapar sin importarle el resto de cosas. Una insoportable calma invadía la cabaña, pero la mecedora y la canasta seguían frente a él; cuando por fin dio unos pasos en dirección a la puerta un casi imperceptible sonido salió de la canasta, la curiosidad fue más grande que el terror y se detuvo a pocos pasos, estiró el cuello para ver el interior donde solo distinguió unas mantas que envolvían algo. En ese momento el sonido se hizo más fuerte, parecían los gorjeos de un niño. Si era un bebé que estaba ahí dentro no había nada que temer, Martín se acercó más y al remover una de las mantas descubrió el rostro de un chiquillo muy pequeño, a simple vista no parecía un bebé, pero tampoco un niño grande. Tomó la canasta y la llevó hasta la cama, encendió la luz y en ese instante el chiquillo cerró los ojos con una mueca de espanto y empezó a llorar, imaginó que la luz lo perturbaba y se apresuró a apagarla; en ese mismo instante el pequeño se calló. Se apresuró a vestirse rápidamente y tomó sus cosas para salir y llevar al bebé al carro para ponerle la calefacción; luego pensaría que hacer con él.

   La noche continuaba con esa exuberante luna y Martín casi no necesitó su linterna para dirigirse al carro con todas sus cosas y un bebé. Cuando pasaba cerca de la recepción notó que las mantas se movían dentro de la canasta y parecía que el chiquillo hacía unos extraños ruidos, abrió un poco la manta que cubría la cara y escuchó algo que salía de esa diminuta boca, no lo entendió bien.

―No entiendo lo que dices bebé― dijo.

Pero una voz espeluznante respondió al instante:

     ―Te digo que tengo colmillos.

   Martín pegó un salto, y casi lo deja caer. El pánico se apoderó de él y en un movimiento desesperado lo dejó en el suelo y se separó algunos metros. El bebé comenzó a llorar, en ese momento quiso correr hasta su carro y escapar del lugar, pero el llanto era más fuerte y no se atrevió a dejarlo en medio del gélido páramo. Se acercó nuevamente y meció la canasta con temor, el ruido paró de inmediato. Ya no se atrevió a cargarlo nuevamente, más bien comenzó a arrastrarlo con mucho cuidado hacia el vehículo. Cuando llegó abrió la puerta trasera y valiéndose de una temeridad nunca antes experimentada agarró la canasta y la metió en el asiento posterior, luego cerró la puerta. Una vez instalado frente al volante Martín encendió el carro y puso la calefacción a toda su potencia, aunque su puerta seguía abierta; atrás no había ni un solo movimiento ni ruido.

   De todos los espantos vividos esa noche Martín se enfrentaba al mayor de ellos: cerrar la puerta y quedarse solo junto al bebé, o lo que sea que fuere, ubicado en el asiento trasero de su carro. La noche parecía eterna, había perdido por completo el rastro del tiempo, solo quería que amaneciera y que todo terminara. Pasaron algunos minutos, sin embargo no se atrevía a cerrar la puerta. En un arrebato de valor por fin lo hizo, el sonido de la puerta al cerrarse alteró al chiquillo que al parecer hizo algunos movimientos. Colocó el espejo retrovisor de manera que podía observar la canasta, pero arrancar el carro todavía le llevaría otros minutos de pavor. Existía la posibilidad de regresar a la cabaña y esperar el amanecer, pero él sabía que la angustia de tener esa «criatura» en su carro no lo dejarían pegar un ojo, no, definitivamente en algún momento tenía que arrancar e ir por ayuda.

   Encendió el vehículo, y miró la canasta, nada parecía inmutar a su ocupante, avanzó muy despacio pero repentinamente escuchó con absoluta claridad la misma siniestra voz que decía:

   ― Oye, ¿sabes que tengo una cola?

   Con el vehículo en movimiento abrió su puerta y corrió despavorido sin rumbo cierto.

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   Se despertó con angustia, corrió hasta su armario y descubrió sus zapatos de excursión muy sucios, pensó que era raro que estuvieran sin la bolsa que normalmente los guardaba, hizo esfuerzos por recordar cuándo los había usado por última vez pero no llegó a nada, era necesario lavarlos, o salir de viaje para hacerlo apropiadamente al regreso, si, esa era una buena idea, quizá el próximo fin de semana viajaría a las faldas del volcán.