Levantarme a las tres y media de la mañana no era nada extraño para mí, almas en pena me visitan a menudo, por ello debo estar atenta para ayudarlos a comprender que su misión en este mundo a terminado, pero no todos lo entienden de esta manera y buscan permanecer en el plano físico del que ya no forman parte. La hora ideal es cuando se oculta el sol, donde la penumbra nos hace cómplices de su misticismo y la atmósfera se vuelve etérea·

   Hace varias noches que siento a los espíritus ansiosos, con una urgencia de llegar al final del extenso e iluminado túnel que los conducirá hacia la ascensión a los cielos.

–En poco tiempo te buscarán almas inocentes –susurró el chico de chaqueta negra, cuando estuvo de paso por mi habitación. La palidez de su rostro indicaba que las heridas drenaron sangre suficiente como para descartar una rápida reanimación.

–Tengo prisa. No puedo darte más detalles de lo que es evidente, además no tengo paciencia como los otros. Necesito cruzar lo antes posible la puerta de luz –indicó con aire de superioridad.

   Lo dejé ir sin importar la duda que sembró con su escueta frase: «En poco tiempo te buscarán almas inocentes». Lo dejé ir. Muchas veces la vehemencia de los jóvenes se antepone a los propósitos de la vida, demasiado ligera para ellos, pero la muerte… eso es otra cosa, y no están dispuestos a entenderla. Su actitud un poco irreverente me impidió darle ciertas indicaciones, no dudo que aprenderá pronto, esa virtud también es propia de ellos.

   La noche del quince de marzo fue intensa, las pesadillas se confabularon para agobiar mi inestable sueño: imágenes en cámara lenta de monigotes que se levantaban de las cenizas justo en el momento en que los presentes se reunían alrededor de la gran fogata que el clan barrial había prendido al clamor de los tragos. –¡Bienvenido 2020! –vocearon con alegría. De repente, vi a uno de los muñecos caminando hacia mí a paso aletargado, con una expresión aterradora en lo que quedaba de la careta, extendió los brazos de los cuales se desprendía la viruta quemada. En ese momento desperté abruptamente empapada de sudor. Tuve un mal presentimiento . Permanecí varias horas en vela, dormir no era una opción. Hice espacio en mi sofá preferido con el propósito de leer un libro, hojeaba las páginas, abstraída en las profundidades mentales junto a aquellas imágenes perturbadoras.

   Los destellos de un nuevo amanecer comenzaron a filtrarse por la rendija de la ventana ubicada frente al diván. La pesadez de mi cuerpo era el primer síntoma de haber pasado horas sin poder conciliar el sueño, lo único que provocaba era preparar un café bien cargado para reanimarme del letargo. Encendí el televisor solo por curiosidad, generalmente, a esta hora mi rutina como fotógrafa es otra: salir a buscar imágenes que generen historias.

   La programación de la mañana estaba invadida por la cadena nacional transmitida por el afligido gobernante. Un torpe movimiento derrumbó la taza de café sobre la alfombra, y de inmediato mi semblante cambió al escuchar lo que tanto temía… el virus extranjero había llegado a nuestro territorio. Un minuto antes eso parecía tan lejano, las noticias locales nunca se anticiparon. –Nos confiamos demasiado– pensé. Cuando los protocolos de seguridad sanitaria fueron enumerados supe que todo sería diferente, de ahora en adelante, para los ciudadanos que formamos la gran tribu guayaquileña, porque eso somos, una tribu que siempre ha salido airosa ante cualquier adversidad.

   Transcurrieron unos días y las malas noticias comenzaron a empañar esa pasividad desconcertante que circundaba dentro de casa. Los desagradables presagios se estaban cumpliendo. Murió el tío de…, el papá de…, la abuelita de… Así sucesivamente, parientes cercanos, padres de amigos, amigos de amigos engrosaban la lista de fallecidos.

   –Debo estar preparada– expresé mirando por la ventana–, muchas almas en pena quizá me visiten cuando despierte a las tres treinta de la mañana. Pero a esa hora una misión adicional esperaba ser ejecutada: hacer fila en el supermercado, junto a varias personas que pugnaban por ser los primeros, a pesar de que las puertas se abrían a las seis. Fuimos presionados a cumplir con los estrictos horarios que se implementaron en la cuarentena. Todos queríamos estar a salvo en casa; unos acompañados de la familia, con la certidumbre que generan los lazos fraternales; otros, en cambio, disfrutando de una soledad voluntaria aislados de las nimiedades cotidianas. En cualquier caso, el único pensamiento que bordeaba nuestras mentes era sobrevivir.

   Cuando me levanto para ayudar a las almas errantes sé lo que tengo que hacer, y no implica tanto esfuerzo, pero formar parte de un grupo de personas que no pueden encajar un proceder coherente ante las nuevas reglas es mental y físicamente agotador. No puedo negar que al principio el cambio fue severo, hasta cierto punto estresante.

   La restricción de salida, una vez por semana, provocó que mis costumbres se ajustaran a cambios radicales. El único evento importante en mi agenda era realizar las compras de supervivencia, lo cual requería una preparación de cuerpo y mente. Había anotado la lista imprescindible de cosas para recordar: usar alcohol, mascarillas, guantes; no tocarme la cara, los ojos, la nariz; recogerme el cabello, no usar aretes ni bisutería; al llegar a casa dejar los zapatos en una bandeja con cloro; sacarme la ropa y ponerla a lavar, a priori desinfectar las compras; bañarme y lavar la mascarilla, y la frase ‹lavarme las manos› lo resalté con marcador rojo.

   Una vez apagado el botón del robot en el que me había convertido, mirar la televisión no era una alternativa, sino un requisito para estar en contacto con la «nueva realidad» que, desde el dieciséis de marzo, nos ha forzado a convivir con el virus extranjero, una realidad que despertó la verdadera personalidad y sentimientos de cada uno, aquí y en el mundo entero. –Amalia, no hay que temerle a los muertos, sino a los vivos– repetía mi abuelo en sus tardes de tertulia–, y estas circunstancias me han convencido de que no hay nada más cierto. Las almas en pena, por ejemplo, se hacen visibles en la madrugada porque necesitan una guía para encontrar el camino hacia la luz que los llevará a su nuevo ambiente, donde descansarán de todas las penurias mundanas, en cambio, lo vivos son peligrosos porque nunca se sabe las verdaderas intenciones que mantienen escondidas debajo de las apariencias.

   La distancia entre mi departamento y el supermercado es corta, me tomaba menos tiempo llegar en mi vehículo, pero viéndolo desde otra perspectiva, uno de los beneficios de las restricciones de movilidad es que tengo que ir caminando, y mis pulmones lo agradecen. Hay una parte del trayecto que no puedo esquivar, ya que es preciso pasar primero por el hospital oficial. Cada paso que doy lo hago con la mirada fija en el pavimento, mantengo la calma hasta que mis sentidos corporales perciben la presencia de algún espíritu.

   Dicho hospital es uno de los autorizados para albergar a los pacientes con los síntomas del virus. El dolor y la desesperación que los familiares expresan ante las cámaras de los periodistas, son minimizados por la realidad que se vive ahí dentro. Me lo ha contado Jaime, quien fue mi primer acompañante por los senderos oscuros que conducen hacia el supermercado.

   –¡Centinela! –escuché una madrugada. Un repentino escalofrío me erizó la piel. –¡Por favor, ayúdenos! –insistió la voz. Observé que a mi alrededor no había nadie, salvo la figura etérea que asomó por detrás de unos arbustos.

   –Muchos compatriotas agonizan. Ellos estaban seguros de que a cierta hora la «centinela», como la han bautizado, camina por estos rumbos. Sabemos que es la encargada de ayudar a cruzar hacia el plano celestial. Confiaron en la sabiduría que he acumulado a lo largo de estos años en los que me aferré a la vida, la misma me ha permitido reconocerla. Por eso sé quien es usted –expresó consternado.

   La grisácea y escasa cabellera y las pronunciadas arrugas en el rostro de Jaime, eran la evidencia de que él esperaba, en cualquier momento, llegar dignamente a su final.

   –Mi historia familiar y social ha sido buena, lastimosamente, el tiempo pasa inexorable y, a veces, lo desperdiciamos enfocando nuestra atención en cosas banales y sentimientos tóxicos que merman nuestra felicidad. Tengo que reconocer que imaginé un final diferente: rodeado por mis hijos y seres queridos, pero en medio de este caos, no puede ser de esa manera –expresó con la voz entrecortada–. Solo necesito su ayuda para dar el gran salto, aún albergo la esperanza de poder reencontrarme con mi amada esposa. Ella se adelantó. La extraño mucho, ya que fue precisamente su legado de amor lo que me mantuvo vivo, hasta que llegó este virus impredecible –expresó sollozando.

   –Jaime, lo único que se necesita para llegar a donde deseas es reconocer que ya no perteneces al plano terrenal, así mismo, hay que despojarse de cualquier sentimiento adverso que hayas alimentado en tu interior. En ese instante se realizará la ascensión a los cielos con la venia de los ángeles, los cuales se convertirán en guías para que encuentres a quien también te espera con las mismas ansias –le dije.

   –Centinela, recuerde a los que están dentro del hospital, falta poco para que comience la triste procesión –concluyó juntando las manos mientras miraba hacia el horizonte. Supe entonces que su viaje había iniciado.

   Consciente de que con mi energía espiritual auxiliaba a las almas que deambulan sin descanso, me exigí a mantener una frecuencia alta para no claudicar. Reitero, no es lo mismo ayudar a los espíritus errantes, con ellos hemos creado una intrínseca fraternidad con códigos propios e indescifrables para el colectivo social. El nuevo reto consistía en instaurar una comunidad diferente con quienes ya era costumbre vernos cada semana en el supermercado y, sin decirnos una sola palabra, soportábamos con un estado de ánimo mitigado las incomodidades que nos afectaban a todos de una u otra manera: disimular la asfixia por el uso de mascarillas, esconder las manos sudorosas dentro unos guantes innecesarios, parecer astronautas con los visores y trajes protectores confeccionados en diferentes colores, tamaños y creativos diseños. No solo el cansancio nos aproximaba, sino además, el miedo a la muerte desvelado en la expresión de los ojos.

   Puede parecer una locura, confieso que la rutina del supermercado se convirtió en una tarea deseada para mí, aunque al inicio el simple hecho de esperar en la interminable fila resultase tedioso. Nos adaptamos paulatinamente a la ‹nueva normalidad›, los mismos de siempre nos reconocíamos sin necesidad de quitarnos las mascarillas, creamos un fuerte lazo de complicidad. Atrás quedó el recelo preliminar que gestaba reiterados cuestionamientos sobre si la persona que se encontraba detrás o delante de mí era portadora del virus. Al final, ninguno tenía la capacidad de detectar lo invisible. Cualquiera podría contagiar al otro. Sabemos de su existencia, poco de su comportamiento y que su mutación puede ser extremadamente peligrosa.

   –¿Estará dentro de mí? –pienso–, no tengo ningún síntoma que me ayude a detectarlo. Soy responsable, pero prefiero desconocer su existencia para evitar enloquecerme. Es cuestión de seguir con disciplina los protocolos que combaten al raudo invasor.

   Han pasado cuatro meses y la tribu guayaquileña retorna a la normalidad coexistiendo con el virus. Ya no camino por los senderos del hospital, eran cada vez menos las almas necesitadas que me esperaban. Aunque la «Comunidad 03:30» se dispersó con la flexibilidad de los horarios, todavía nos reconocemos en el supermercado e intercambiamos miradas, ya no de perplejidad sino de camaradería.

   Recorro la ciudad con la cámara fotográfica guardada en el bolso, sentimientos contradictorios me impiden captar imágenes, por un lado siento orgullo de verla renacer, por otro, me entristece observar el luto que muchos ocultan detrás de una mirada esquiva. Levantarme a las tres y media de la mañana sigue siendo mi rutina, los espíritus noctámbulos no dan tregua. Si no ha sido fácil para los vivos, menos para los muertos que se resisten a cruzar… algunos consideran que este no era su momento.