Bajabas a bañarte al Estero diciendo
la luna se arremangará en tus ojos,
cholita mía.
En la impresión precisa del precipicio·

sobre el membrete del calor, rugías:

    Hay agua más transparente que la melancolía.

    Es tu pisar sereno más fuerte que la duda, cholita mía.

Pero tú no eras melancolía,

NO, pedazo de tierra agujereada por un solo de salitre en si bemol.

  NO, amado mío.

NO, sutil condensación de una brisa jamás negada a la tarde.

  NO, canción acurrucada en mi pecho,

evolucionada hasta ser pieza

  De acuarela

O atardecer petrificado.

Eras el grito que se arremolinaba en todo el cobre sagrado de las calles

  Tatuadas las piedras con el lema:

    Confinamiento = salvación

  Eras el suspiro del graderío.

  LA CANCIÓN DEL CARRITO BULLANGUERO DE LA FRUTA

  La voz de pan que venía del panadero

  La voz ronca, chueca, convulsa de la barra brava,

    El extrañamiento de mi clítoris

    que rugía con el tacto insistente de tu lengua.

Eras una lluvia dentro de la fruta creciendo hacia su dulzura de arcoíris

  Eras la alegría del mercado,

del poco dinero ganado al deterioro

o a la cabeza de avestruz enterrada en la memoria.

Crecías de tarde,

crecías de agua,

comías el pescado del mar y las cebollas

para ser un diente de león

  con melena de animal amoldado a la tristeza

y todo el sufrimiento de las gaviotas

    que para ti eran aves de presagios.

  Admirabas la ternura de las cosas.

  Y por eso inventabas nombres a la nieve

como si supieras del blanco puesto en medio de todo lo que vive.

Admirabas la maldad que crecía en los hombres

y el valor de las consecuencias sin los actos

como si supieras del ancho espejismo que se esconde en el pavimento

Atizabas como un lamento los dilatados hemisferios de mis piernas.

    Donde te encontraba una tarde

gimiendo un pasillo celeste al escarpín del niño que no fuiste.

Eras ese animal que pierde la cuerda de su esqueleto.

    Sufrías de aleteos constantes en las costillas.

  La vigilia te nacía y te convertías en enredadera chiquita,

    y te ibas a parar al techo del poema

    construyendo el tejado-las paredes-las puertas- y mi nombre.

  Una luz celeste también te nacía en las comisuras de la borrachera y decías parecerte a la tierra hollada por los Sangurimas

    al matapalo que son tus piernas-ramas-juncos, mi cholita

    A la cara que puso algún conquistador en barco prestado

    Al malecón que acumuló tus recuerdos más bonitos de la infancia.

  Te enfermaste de una descomunal vigilia.

    Fue eso, no un insomne virus asesino.

    Fue tu destino,

    Fue la fuerza de tu voluntad agradecida.

    Fue la memoria que creaste a mi lado.

    Fue el pasamanos que no tocaste.

    Fue el color de los ojos de la ausencia.

    Fue tu cuerpo perdido para siempre en el laberinto.

    Fue el hilo que no me soltaste a tiempo.

    Fue el gemido que dijiste haber oído al lado de tu cama.

    Fue el último mensaje de te amo,

      voy a estar bien, cholita mía.

      Aquí huele mucho a desinfectante.

    Fue el soplido del viento en la batalla de la fiebre

    En la encrucijada de la tos que se hacía árbol.

    Cuida de los niños.

    Cuida de todo.

    Cuida del mundo.

    Cuida del gusano que se quedará con mi carne que al final

    sirvió para servir a la vida desleal y desatenta.

Mi yo, te decía, mi yo no puede parir tu risa.

Tu desesperación de encontrar un canto debajo del agua

endurecida de domingos

ya sin balón encontrado en el canal plateado.

Tu camisa sucia, tus pasos desgastados,

tus pies filtrando el agua,

la bilis de la tierra herida,

caminando la sangre que se desprende del dolor de haber perdido

la cuenta de los días

como dos borrachos desesperanzados de todo equidistante destino.

Sí, tu camisa también rodó por el suelo.

  Tu silueta rodó por el suelo,

  Tu sombra rodó por el suelo,

  Tu nombre rodó por el suelo,

    Y lo pisoteó el día cargado de pasos

de la gente que va al cementerio

  a llorar a sus gusanos hechos tiempo.

Y yo te dije:

    Te bautizaré con el nombre de todas las cosas, Aníbal mío.

    Te creceré con la razón de todas las dichas.

    Te regaré con llanto de azaleas o de ocasos

    Te arrancaré la melancolía que huele a alcohol o a salitre

    Yo seré una diminuta imagen amputada,

    una pequeña impresión en la pluma del colibrí

    que llegaba a tu ventana.

  En tu cuerpo que se ha ido,

que no aparece entre montañas,

que no está en el corazón de la medusa

ni debajo del Estero.

En tu cuerpo que nació hecho luz pasajera

  a la muerte inventada en marzo

que solo ha parido el semblante de tu silencio más chiquito

Acumulado en el precipicio,

en la grada 150 del Cerro Santa Ana.

En la esquina más bulliciosa de la Nueve de Octubre.

  Ahora salgo a pasearte por las calles para que te encuentres.

    Querías ser un cuento largo

que te creciera desde la coronilla

y se perdiera por debajo de la tierra

para que te naciera toda la belleza que no encontrabas en el calor,

ni en la esperanza.

  En su lugar te nací yo, con las trenzas destruidas por el jabón y la espera

    Con el argumento descosido; pero firme la enredadera.

Con el canto siempre paralelo a la sonrisa

  Cantando una salsa, un bolero, un rock and roll de medio pelo.

Sintiendo que la vida se limpia con olvido y mentiras:

  Porque toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”.

Cantando con el jabón que te hacía una oruga

Que te dejaba recubierto de baba

Como si la metamorfosis de la muerte no te bastara

  Yo te escuchaba desde la cocina.

    Y me imaginaba el punto exacto de tu cara sancochada de dicha hecha canción.

Tú que decías que no volverías a recoger tus pasos

porque tus pies estarían demasiado cansados.

  Que tus pies serían un agujero sin nombre

  ni distancia en su epicentro.

    Descansar de todas las películas inconclusas,

    de todos los trabajos sostenidos con el silbido de la agonía

    que reposa en el caparazón de una tortuga.

⋙¿Sabes que lo pies son lo primero que se empina sobre el abismo?, cholita mía.⋘



Depende, respondí, si es que tienes miedo al salto.

Me voy a sembrar la siguiente pepa de aguacate que encuentre

En la sopa fría e ignorada

Y fingiré reconocerte en alguna hoja,

en algún tibio gemido del día

que con su viento sin retorno mece,

mece, acuna todo recuerdo de tus fuertes ojos,

de tu semblante cálido que no murió de fiebre de mar un domingo de mayo, un domingo que hoy yo entierro también para que siempre me renazca.

Ven, cholita mía, dijiste: vamos a inventar un cuento.

  Yo seré Aníbal, el caníbal.

¿Qué serás?

Un gusanito de seda.

    No te queda.

      La panza es de seda

      Eso sí. La barriga tiene una forma de luna.

      Una forma de masa hecha por las manos arrugadas de la espuma del mar que te inundaba cuando contabas disparates.

  Y se siente rico en lo dedos, cholita mía.

En eso sí coincidimos, cholita mía.

  Escucha este aullido que siempre es un cuento:

  ⋙Soy un gusano de seda que se cansó de la hoja de morera

  ¿No comen las moras los gusanos de seda?

      (interrumpo con mis ojos)

    No, comemos las hojas.

Pero yo me cansé de las hojas de morera

y escapé de la planta. Di con mi cuerpo a tierra,

  y fui a parar al negro ojo de una verde iguana.

Me concentré allí en ser YO

Pero no pude y tuve que ser alguien más

No quise sobrevivir.

  Lo importante, lo más importante, era ser Otro.

En las calles, surcos de la tierra,

Encontré a Otro como yo.

Este no quería ser nadie, dijo.

Y también era un caníbal.

Se llamaba Eriberto.

      Del sur, al sur del sur, moraba su morera.

Esperamos el invierno.

  Nos hicimos compañía.

  Adelgazamos juntos,

  Una noche encontré un poema suyo que decía:

      “Moriré mañana,

cuando mi latido haya sembrado de gritos la tierra,

de mi cuerpo nacerán caracoles alados

y volarán por el pastizal más hermoso

de un país sin nombre ni memoria.

    En el grano de maíz de ese pastizal hermoso

encontrarás el nombre que me debes.

  En todo el hemisferio del nombre se reunirán las palabras a gritar tu apellido de antropófago.

Aníbal, te amo, no me comas.

  No te apresures, podemos sobrevivir.

Me di cuenta que más que un poema era una carta, cholita mía.

Entonces no tuve otra alternativa que sacar mi natural desintegración

    Y lo devoré.

  Me comí al gusano Eriberto.

Entonces, de la tierra se abrió toda la sal del mundo y me conservó una

Forma del olvido parecida a la resina.

Mil años, dos mil, todos los años que dura la melancolía.

Me condenaron por crímenes contra natura.

Ahora vivo encerrado en una cárcel del desierto

      Morando en una morera mortecina.”

Fin del cuento-poema-carta.⋘

Mi Aníbal, tú eras esa letra chiquita que se escondía a morir en los Márgenes azules de mis cuadernos.

      Eras mis notas incendiadas

‹y mis hallazgos de eucaliptos en el viento›.

    Tú eras la letra,

el garabato,

el simple refugio de una idea sin sentido.

      Tú eras una espuma creciendo en mi cara

    y te alejabas con el viento helado de la noche,

    acumulando en tu diminuto andar un estruendo

    con mi nombre.

    Te vi aquel día, después de sentir el agua tibia del río

    como una mano de piedra en la piel

    y te decía eso del abismo y del sacramento,

    sin temor a que cayéramos

    en la zancada traidora de la esperanza.

    En tanto, se sumaba el aire,

    la luz,

    a todo aquello que de tu sueño iba saliendo:

    lobos de río,

    alfombras voladoras,

    castillos debajo del mar,

    edificios de estoraques infinitos,

    el arma de un intrépido salteador de caminos.

    Pero ahora, Aníbal mío,

    no sale más que un torbellino negro

    y áspero de tu boca ya dormida.

      Dormida para siempre de atardeceres.

    Aníbal, te comiste mi centro, te comiste mi memoria

      Caníbal amado

    Ya sin ti, todas las historias tienen sentido

    Y es el peor castigo la cordura.

    La razón que ahora siento en los dedos cargados de nada.

      El único resquicio de felicidad cuando me voy a dormir por las noches está en tus sinsentidos.

    Y algún gemido me dice: ve mujer, tú también puedes crecer en el árbol de morera.

    Y voy, y voy, siempre con más ganas, pero no regreso.

    Porque no hay voz que me requiera.

    Porque solo está tu historia de gusano

    dibujada en todas las paredes de la ciudad

    Y alguien me despierta con la desigualdad de una curva en un cuadro pintarrajeado de un rojo amarillista

    De un dato impotente:

    mil,

    dos mil,

    un millón de almas amparadas en un muro o una fosa que les crece en la mirada.

    Sin razón ni estallido,

    Vivo en una imagen de estadística como si fuera sopa caliente

    O una jauría de perros rabiosos

    Y yo te digo ven, Aníbal,

        Que ya aprendí a repartir el agua de las cartas.

    Que ya tu nombre no es el mismo sin tu cuerpo.