I
Suenan notas confusas… los fantasmas que antaño
incendiaron de muecas la cosecha y el canto
han traído de nuevo polvo de soledad
―golpe de piedra muda en las manos absortas―·

Bajo leves lloviznas de este invierno discreto

brotan olas de miedo, escucho un tono

de oxidadas cadenas, y hay un tufo

de sombras trashumantes que aprendieron

a mordisquear la vida con sus dientes postizos.

Agarrados de un grito que se vuelve murmullo,

barajamos las cartas que nos quedan

pintadas de penumbra;

entre sueño y vigilia la memoria

se convierte en cenizas que una mano furtiva

esparce entre las calles.

Bajo los mismos techos, guarecidos,

donde ayer avanzaban los minutos

con menos bofetadas,

pedimos que la fiebre,

―como ángel destructor, desorientado―,

pueda pasar de largo y no nos toque

con sus ásperos dedos.

Yo que tengo la tos de la niñez

metida en el bolsillo,

me oculto en la marea de un rezo persistente,

ya ni cuento las horas ni miro el calendario,

pero estas largas barbas que me muestra el espejo,

me dicen que han pasado ya cien lunas.

Hoy escucho el rumor de mis pies sin zapatos

que caminan sin prisa sobre la arena tibia,

y mientras el ocaso se anuncia entre la brisa,

de la casa de enfrente, sin metáforas,

el berrinche se clava en los oídos

de todo el vecindario,

porque una enorme llaga improvisa un monólogo.

En medio del olor a yerbas y a prudencia,

yo intento recordar los girasoles

que sembraba mamá

en su pobre jardín de metro y medio,

y en voz baja me pierdo unos minutos

entre rostros y calles que he dejado de ver

con mis ojos que lloran, empapados de duda,

en este exilio extraño sobre mi vieja almohada.

La modorra me pinta los labios de bostezos,

y en un ir y venir de cabeceos,

escucho como un eco que viene con el aire

unas voces lejanas de mujeres amadas,

un sermón predicado por un obispo gordo,

el ladrido de un perro que persigue palomas

y una vieja canción de amores rotos.

No sé si tiemblo yo o tiembla el mundo,

a veces huele a rabia, a café, a yerbaluisa,

a vapor de eucalipto que espanta a los espantos;

después vuelve el hedor de rata muerta,

de musgo que se pudre en el pantano,

y yo, sin ropa ya para este encierro,

vuelvo a pensar en pájaros y nidos,

en caminos de bien que no pisé,

en la sílaba tuerta de las malas noticias,

y en las hojas de trébol que una tarde con sol

guardé como se guarda la riqueza.

En mi viejo sillón a veces duermo,

leo el viejo poema de la vida y la muerte

en la tela de araña,

cuento lámparas, postes y butacas,

miro atento las puertas y ventanas,

presiento que vestido de pájaro un arcángel

me prestará sus alas, y tal vez

me dé con disimulo el pasaporte

para seguir pisando este asfalto que quema.

Las baldosas parecen las casillas

de un ajedrez gigante,

de un crucigrama vivo que me dice:

Atrévete a encontrar en las palabras

el ritmo del poema que seduce al violento,

y que pinta con tonos de la rosa encendida

esta fe que flaquea…

Si es martes o domingo poco importa

mientras dure este ocaso prolongado,

yo me muerdo las uñas —descuidadas y feas—

y siento que mis huesos me dicen sin palabras

que hay urgencia de calles y letreros.

Quiero echarme de espaldas en la yerba del parque,

saludar con sonrisas al amigo que pasa,

entender el idioma del que avanza descalzo

por la ruta de púas y sollozos;

también quiero con prisa cincelar un abrazo

y en un gesto confuso pero firme

estrechar sin rubor a mi enemigo,

y seguir por las rutas

hilvanadas de besos y palabras cordiales,

bendiciendo la lluvia,

escribiéndole versos a la luna y al sol…

II

Vendrá una lluvia nueva a empaparnos de aromas,

Y en sus gotas de vida morirán

los jinetes de fuego y sus coronas…

Será un amanecer de tierra prometida,

un himno de verdura y de celaje.

Yo que soy un fulano de esta tierra

—con un título gris de vagabundo—,

remendaré mis redes con la paz de las algas.

Yo que llevo una cuenta de sueños aplazados,

tengo un verso de sol al que se aferra

mi corazón que ladra a las estrellas.

Después del remezón y la tortura

ya no tendremos tiempo para perder el tiempo.

Voy a izar mis banderas sobre las cuatro letras

de la palabra “AMOR”,

traduciré en poemas el silencio del mundo,

no empuñaré la espada para matar la rosa,

desandaré el camino de la bruma y la mueca,

y en una hoguera inmensa pondré la mano brusca

del que quema su incienso en el altar del odio.

Cuando baje el telón y los fantasmas

se conviertan en polvo del camino,

unos números fríos me dirán

cuánta gente se fue con la neblina.

Puedo dar mi esternón o mis arterias

por tenerlos de vuelta, y escuchar

sus canciones pintadas de esperanza.

En la calle preñada de tristeza

arderán las caretas para siempre.

Barreremos el humo de la rabia,

y en el río que amamos, con hilachas de fe,

llenaré mis pupilas de gaviotas,

de peces y canoas.

Con palabras de paz estrenaré

mi vocación de arcángel callejero

que le escribe una carta, sin posdata,

al que sigue vacío tras la peste…

Acudiré a la cita

del sol que saldrá mañana,

escucharé trompetas

que anuncian la nueva vida,

encenderé la antorcha

de una estirpe renovada,

¡y en un cántico azul pondré mi vida!