Esta noche he decido salir por cigarrillos transgrediendo el toque de queda, aun sabiendo que quebranto mi insobornable gusto por la soledad. Debido a la peste, no he salido por mucho tiempo de mi departamento ubicado en el décimo piso de un viejo edificio y cuando digo mucho tiempo esto debería ser tomado en serio·

Antes de salir me pongo a pensar en el hecho de que vivir en un edificio tan grande es interesante desde el punto de vista arquitectónico y antropológico; las voces y los ruidos de mis vecinos se cuelan a través de los ductos de ventilación que comunican todos los departamentos: a veces se escuchan risas, a veces llantos de niños, peleas matrimoniales y otros sonidos extraños que por momentos me hacen pensar en animales exóticos como si algún tuviera un zoológico o algo parecido. Generalmente como si de un ritual se tratase, abro la ventana, cuando la gente y los autos ya no están y me pongo a contemplar las luces de la ciudad, tan numerosas lejanas, y tumultuosas, que a veces quiero imaginarlas como estrellas, como aquellas de las fotos tomadas por el telescopio Hubble. Siempre inevitablemente luego de ver tan interesante paisaje, pienso con cierta tristeza en el cielo que se esconde detrás de las luces artificiales que proyectan su resplandor naranja sobre el manto de la noche y lo transgreden para volverlo una triste imitación de los cielos que podrían verse nítidos en la selva o en lo alto de un nevado. Cuando la insoportable monotonía del ruido de la calle me atormenta, cierro la puerta, tomo mi trompeta y empiezo a tocar sin pausa, cerca de veinte minutos, como si de ello dependiera mi vida, como si tuviera en juego mi libertad o como si estuviera frente al presidente quien confiando en mi arte, apostara todo el dinero del mundo para verme ganar un concurso de improvisación de Jazz. Por supuesto para lograr este cometido, es necesario arrimarse a hombros de gigante, por eso siempre elijo a Miles Davis y a veces a Cheat Bake o Charly Parker. Luego sin apuros suelo encender un cigarro, mirando con diversión la pequeña llama del encendedor, a veces emocionado al ver reflejado en ella, una fogata lejana, encendida por algún hombre de las cavernas acampando en algún páramo virgen de los andes. Finalmente, con deleite, miro el humo del cigarrillo perderse en el techo, difuminándose como bruma en el bosque. Esta suerte de torbellino de imágenes confortables y valiosas me extraen de la sólida, material y gris realidad y me devuelven cuotas de vida y la esperanza de vivir en una vida menos enjaulada.

Es momento de salir, me pongo mis zapatos, me peino, tomo un vaso de Wisky que había dejado la noche anterior sobre la mesa, agarro mis llaves, me pongo mi chamarra de cuero favorita y salgo sin prisa con las manos en los bolsillos. Afuera en el corredor no hay nadie, se escucha algún ruido, el chirriar súbito de una puerta cerrándose, se escucha algunos pasos más allá, luego silencio, luego el viento que sopla en el techo.

Tomo el ascensor, aprieto el botón con el número uno, casi borrado de tanto ser tocado y se cierra la puerta con un crujir metálico como si se doblara por un peso enorme. Luego baja y desciende lentamente con ese pesado y monótono ritmo que agrava la sensación de querer salir corriendo conforme pasan los segundos.

Finalmente planta baja. Abro la puerta de madera primero y luego la puerta metálica que la protege. Estoy afuera, que alivio. La espera me empezaba a desesperar un poco.

Mi cuerpo cálido choca con el aire de afuera que está frío y húmedo. Me ajusto la Chamarra, meto el cuello como una tortuga, achico los hombros como para lucharle al frío y meto las manos en los bolsillos.

Cruzo la Calle y me planto en la esquina junto al semáforo para distinguir si aquel foco de color verde de la licorería clandestina está encendido. Ajusto la vista, me limpio los lentes, me los vuelvo a poner. No puedo ver, igual tengo que caminar. Llego y está cerrado. Quizás el dueño está enfermo y está en cama, hace tiempo me venía hablando de esa úlcera duodenal que sabía se iba a complicar tarde o temprano. Le había dicho que por el bien de ambos debía cuidarse, que no tomara aspirina por cualquier cosa, que no bebiera café, que siga las recomendaciones de su médico. Pero quien era yo a fin de cuentas para darle recomendaciones, yo era un hombre de hábitos nada saludables. En fin, esto supone que siga caminando, pero ya no son dos cortas cuadras, esta vez un largo caminar en línea recta, hasta lo que yo llamaba el “el otro lado”. No podría precisarlo en kilómetros solo diré que luego de atravesar el parque encontraría lo que busco. ¿Realmente vale la pena caminar tanto por unos cigarros? Yo diría que sí y me pongo firme en mi transgresora expedición nocturna.

Son las 10 pm en mi pulsera, quizás debo apurar el paso, pero quiero saborear lo que veo y lo que transito bajo mis pies. Me gusta la noche, pareciera que me sumerjo en un mundo diferente; la gente se aleja de ella y se guarece en sus camas, acurrucándose, temiéndole justificadamente, mientras tanto, en franca rebeldía con mi ciclo circadiano, me uno a ella para ser parte de sus formas, sus sombras, reflejos, y olores.

Amo la noche porque mi enfoque, mi imaginación y mi espíritu prosperan maravillosamente en un remanso del ruido y el caos de la diurna vida citadina. Responde perfectamente a mi necesidad de sosiego y melancolía

Adoro las formas, de los árboles que parecen fantasmas reverentes y de las esculturas de bronce a la luz de los faros que adoptan una belleza y vitalidad que de otra forma sería inapreciable durante el día.

Ya casi las 11 y cruzo el paso cebra para llegar al parque del Prado. Me recibe el gigantesco Podocarpus cuya altura supera los cien metros. Según supe, el último espécimen en aquel lugar, donde alguna vez hubo un bosque. Me es inevitable al ver este colosal ser vivo recordar a aquel loco alcalde, que había propuesto talarlo para dejar paso a una avenida por el centro del parque. Sintiéndome profundamente ofendido por este planteamiento destructivo, muy típico de los burócratas, decidí ir a una marcha destinada a impedirlo.

Así conocí a Marla, una socióloga, bella y diferente a muchas mujeres. A veces, me llega a la memoria, cuando veo alguna mujer de cabello corto, o cuando veo esos zapatos gruesos en las vitrinas, esos que suelen llevar los electricistas y que ella llevaba según decía: para caminar por la ciudad y para patear la entrepierna de los delincuentes cuando salía para ver alguna película independiente o alguna obra de teatro de alguno de los tantos cafetines que ella conocía. Cansada del academicismo estéril de la universidad, viajó a New York buscando su eterno sueño de ser bailarina. Así fue como se perdió para siempre de la faz del planeta y no supe nunca más de ella. Debe estar bien, de eso estoy seguro, o al menos eso quiero creer; sabía cuidarse muy bien y por otra parte, aunque muchas veces era algo depresiva, amaba bailar, los libros y los perros, suficientes razones para que una persona de su talla intelectual no se suicide y eso me tranquiliza cuando su recuerdo me visita.

Reviso nuevamente mi reloj de pulsera y me da la impresión de que he caminado muy lento, son las 11 y 30, y el parque, sumido en la penumbra de los árboles, me parece infinito. Atravieso el puente que cruza el lago central y me quedo unos segundos mirando al agua esperando ver salir a los peces que habitan allí. Mi sombra se proyecta en el agua y en poco tiempo están ahí, surgen al unísono y luego de su agitación, flotan ingrávidos en la superficie. Aunque no puedo verlos claramente, sus ojos parecen clavarse en los míos, como si tratasen de decirme algo, quizás simplemente pidiéndome alimento. Meto la mano en el bolsillo de mi pantalón, como intuyendo tener algo; que fortuna, encuentro las sobras de un bizcocho rancio que comí hace un mes, las pulverizo en mi mano y las lanzo como si fueran arena. Los peces salen, revolotean, sus colas y sus lomos ondulantes, dejan ver sus colores rojos y dorados reflejando en sus escamas la escasa luz del entorno. Luego, en un instante, como si supieran que verlos es un lujo escaso y fugaz, volvieron a las profundidades sumergiéndose como pequeños y gentiles dragones.

He llegado al obelisco de la libertad, y por fin me encuentro en el centro del parque. Como una enorme flecha que indica el camino que he de seguir, la sombra de esta enorme construcción se proyecta hacia el sur, en la dirección a la que me dirijo. Camino con menos confianza, sintiéndome como si me adentrara en mundo desconocido. ¿Sería prudente volver?, ¿dejar mi acometido allí y volver a casa, sintiéndome un tonto por no haber llegado a mi destino? Aunque la razón me dicta volver, yo quiero avanzar y así lo haré.

Con inquietud creciente continúo caminando siguiendo la línea recta trazada por la avenida central del parque flanqueada por enormes árboles de maple cuyas hojas caen constantemente con el soplar del viento y crujen aplastadas por mis zapatos. Esta monótona crepitación me acompaña largamente. Quiero parar, me siento algo cansado, tengo secos los labios y me duelen las plantas de los pies. El gusto por caminar se vuelve insípido y ya no me es placentero. Quiero volver y lo considero seriamente. De repente un sonido brusco emerge a mis espaldas, otro crepitar, pero uno más pesado y decidido que los míos. Pienso en un perro. Eso, seguro es un perro buscando comida.

Avanzo, trato de no amilanarme, de hacerme el valiente, pero sudo, mi corazón late rápido, mis ojos se agrandan, mis muslos se congestionan y camino más rápido, casi corriendo. Una amenaza se cierne sobre mí, sumida en la oscuridad, mirándome sin que lo vea, esperando el momento adecuado para iniciar el asecho.

Empiezo a correr y alguien me sigue, también corre. Es grande y pesado, yo soy la presa y el, el cazador. Solo sigo en línea recta, miro hacia atrás, solo veo la sombra de mi perseguidor corriendo hacia mí con feroz energía, dando zancadas, como a diez metros de mí.

Respiro jadeante, fulminado por el cansancio. Mi corazón late y parece salirse por mi boca. Sin embargo, ya casi llego, en poco se acaba el interminable parque. Se ven con claridad los faros que anuncian que he llegado al otro extremo, donde lejos de aquí podré pedir ayuda o mi atacante no se atreva perseguirme. Pero las piernas me fallan, mis pulmones de fumador no aguantan, el agotamiento me ha vencido y aunque corro sin propósito, la gran sombra se acerca más y más; siento su respiración detrás de mí y su mano se extiende presta para agarrarme del hombro derecho. Siento sus horribles dedos muy cerca, cada vez más cerca. Mi cuerpo se crispa de horror y siento que he perdido.

De repente mis pies dejan de pisar la tierra y violentamente caigo en un agujero, chocando contra las paredes rocosas mientras bajo, golpeándome la espalda y los brazos, dos metros, cinco, diez.

Toco fondo finalmente en un estrepitoso y pesado golpe que levanta un polvo húmedo y frío. Fulminado miro hacia arriba. Hacia la entrada circular de aquel foso y distingo a mi verdugo que me mira de forma siniestra durante unos segundos y luego se retira para no volver, mientras yo, temblando de frío, con un último esfuerzo, me recuesto completamente, intentando aliviar el insoportable dolor de todo mi cuerpo.

Un dolor lancinante, pulsátil, recorre mi sien derecha y llega hasta la mandíbula. Sediento, remojo mis labios y solo me lleno de un sabor a sal y sangre. Agotado, miro el cielo estrellado y me abandono en un sueño embotado de imágenes mezcladas, donde me sumerjo en un mar infinito de intenso color azul, lleno de corales, donde habitan extraños y hermosos peces de abigarrados colores, cangrejos rojos y brillantes y serpientes de mar moteadas blancas y grises que nadan casi danzando.

Antes de morir, en ese profundo mar azul que en realidad es el cielo, creo escuchar y distinguir con majestuosa claridad una trompeta que me regala su precioso sonido que me parece celestial y delicioso. ¡Si!, ¡Sin duda es Kind of Blue de Miles Davis!. Ya no hay dolor, ni sed, tampoco frío. La melodía cadente con sus altos y bajos va achicándose, haciéndose cada vez más pequeña, minúscula hasta desaparecer. Al final todo es silencio absoluto.