“Muchos están contagiados, muchos van a morir”.
Mascullaba estas palabras un hombre de rostro hosco que miraba al suelo mientras caminaba apresurado, como si temiera llegar tarde a una cita·

Eran casi las ocho y media de la noche, Magdalena estaba esperando la Metrovía en la parada donde estaban muchas personas. La reunión de profesores en el colegio se había extendido y había terminado tarde. Las disposiciones eran preparar a los estudiantes para el examen remedial, que era un porcentaje elevado de estudiantes que no completaban los puntos, que había que hacer los horarios de dichas clases. Los profesores comentaron que los estudiantes no toman en serio los refuerzos pedagógicos y los padres no se preocupan de mandarlos a clases, que “no quieren seguir gastando en transporte”, “que los padres necesitan un alivio a sus gastos”, dijeron otros. “Entonces que se preocupen más de que sus hijos estudien”, remarcaron los docentes.

“Que está muriendo mucha gente en China, Italia, España, que es algo que se mete en los pulmones…” comentaban dos personas en la parada.

“Mi pariente que vive en España nos ha informado que mucha gente está llegando a los hospitales, ella vive en Murcia…”

Estos comentarios llegaban a los oídos de Magdalena, ella había escuchado que una enfermedad estaba cobrando la vida de muchas personas en una ciudad China llamada Wuhan, pero existían dudas, que si había sido un contagio por el consumo de animales exóticos o si había sido creado en un laboratorio, pero por ahora sus preocupaciones son su hija, su madre, su exmarido, su trabajo.

“Esa enfermedad es de otros países, aquí en Guayaquil nada tenemos que ver con eso”, le escuchó decir a otra persona cuando ya viajaba en la Metrovía, pero a ella le hacía mucha ilusión ver a su hijita, Ashley, que pasaba al cuidado de su abuela mientras ella trabajaba.

En Suecia una niña llamada Greta realiza una protesta y lleva una pancarta que dice:

“NUESTRA CASA ESTÁ ARDIENDO”

A las cuatro de la mañana, Andrés se despertó con el sonido de la radio encendida, su papá ya estaba alistándose para salir.

−Oye papá, si todavía está oscuro…−mientras se desperezaba y bostezaba.

−Tú sabes que yo me levanto a esta hora.

−¿Puedo ir contigo?

−No, ese ambiente no es bueno para ti.

−Pero yo te quiero ayudar…

−Está bien, pero no quiero que te juntes con los muchachos, tú sabes a quienes me refiero, no vayas a quedar en nada con ellos.

−Sí, de acuerdo… oye, en la radio están avisando que hay que tener cuidado con un bicho que está pasando una enfermedad –Andrés se levanta y se comienza a vestir.

−¿Será un mosquito, como el del dengue?

−No, dicen que es peor, con mucha fiebre.

−Apurémonos que se nos pasa el carro, ponte chompa porque está frío.

Guillermo y su hijo salieron a tomar un camión que los llevaría al mercado de Montebello.

La madrugada estaba fría porque había estado lloviendo, En los improvisados puestos de comida se reunía mucha gente que conversaba animadamente, unos estaban de pie y otros habían conseguido una silla o un banco, el olor de la comida inundaba el ambiente.

Mientras esperaba poder descargar los sacos con los víveres ya solicitados y pagados, Guillermo le invitó un café con tortilla de verde a Federico. Él es quien le hace los fletes hasta los mercados de la ciudad en donde debe entregar la mercadería.

Federico es un hombre joven, alto, bien parecido, pero acostumbra a emplear sus noches en los juegos de azar. Generalmente viene al mercado de transferencias sin un dólar porque en las noches y madrugadas pasa jugando a las cartas, a la ruleta, máquinas tragamonedas, todo ilegal.

−¿Has escuchado algo sobre una enfermedad que está de moda?

−Parece que es algo serio, lo estaban comentando los amigos anoche, es un virus que te destruye los pulmones.

−¿Pero no ha llegado acá esa enfermedad?

−Dicen que es sólo cuestión de tiempo porque es ¡contagiosísimo!

Andrés se había reunido con un grupo de chicos mientras se comía un sánduche con chocolate caliente. Los chicos se habían ubicado en un sitio apartado y los escuchaba hacer planes, el jefe parecía ser un chico llamado Aníbal que estaba sentado en una piedra grande y los demás de pie a su alrededor, hablaban de reunirse en el cerro por la noche para “cranear” como meterse en las casas…

“Muchos están contagiados, muchos van a morir” escuchó Andrés y se volvió para ver quien hablaba así. Vio a un hombre no muy alto, flaco, con una chompa y capucha negra que le cubría parte del rostro y se alejaba rápidamente.

−¿Vieron eso, escucharon a ese hombre?

−No −dijeron sus amigos.

−¿Qué dijo? −preguntó Aníbal con cara de preocupación.

−Que muchos están contagiados y muchos van a morir.

−Debe ser algún loco, yo pensé que nos había escuchado… –Aníbal hizo un gesto con la mano quitándole importancia.

−¿A qué se habrá referido? −preguntó Rolando, otro de los chicos.

−Habló de contagios y de muertos, ¿será de esa enfermedad nueva que están hablando en la radio y en la televisión?

En ese momento el papá lo llamó, que los sacos con los víveres ya estaban en la camioneta y se iban.

La jornada duró hasta después del mediodía. Mientras comían algo en una fonda Andrés le preguntó cuándo regresaría a casa su mamá.

−Es que la extraño mucho y a mis hermanitos, habla con ella, pídele perdón.

−La puedes ir a visitar si quieres.

−Pero no es lo mismo, quiero que estén con nosotros, pídele perdón, pero tienes que cumplir tu promesa, que ya no le vas a gritar ni a pegar.

Una muchacha negra en medio de una multitudinaria protesta lleva un cartel que dice:

“LOS NEGROS TAMBIÉN SOMOS PERSONAS”

“NO PUEDO RESPIRAR”

Una mañana Andrés se encontró con su maestra.

−¡Señorita, señorita Magdalena! La ayudo.

Ella venía haciendo compras de víveres en el mercado, estaba con varias fundas.

−Dile a tus padres que es mejor comprar comida para varios días, comida que se pueda conservar porque es posible que no podamos salir libremente –le hablaba mientras le daba dos fundas al niño.

−¿Es por esa enfermedad?

−Dicen que el virus ya está en nuestra ciudad y el Gobierno va a disponer que todos nos quedemos en casa.

−¿Cómo es que vino ese virus?

−A través de personas que arribaron desde el exterior, ya estaban contagiados con el virus.

Llegaron hasta la puerta de la casa de la profesora y salió Ashley que tenía cuatro años, se puso a jugar con ella. Andrés tenía solo doce años y todavía le hacía ilusión jugar, por eso quería que regresen sus hermanitos.

Otra de aquellas noches, Magdalena regresaba a la casa en un alimentador de la Metrovía, poca gente viajaba en el transporte y se había sentado junto a una ventana, venía pensando en lo que se había hablado con los profesores y autoridades, todo se había complicado con la extensión del virus, el Gobierno declaraba cuarentena y toque de queda a partir de mañana, ella ya había empezado a usar mascarilla porque el director del colegio lo había sugerido para la asistencia a las reuniones en el plantel. Sus pensamientos se interrumpieron cuando vio en la Avenida de las Américas a un hombre caminando solitario por esas aceras vacías de gente, llevaba un chompa negra con capucha que le ocultaba buena parte del rostro, las manos dentro de los bolsillos de la misma chompa, parecía estar hablando solo, con la mirada al suelo. El alimentador siguió su camino y Magdalena continuó con sus pensamientos, ella no se dio cuenta de que aquel hombre se detuvo y alzó los ojos, se quedó mirando hacia aquella ventana del transporte donde se veía un rostro de mujer y le vio alejarse

Caía la tarde cuando Andrés regresó a su casa, se había quedado conversando con Paquito, el panadero, ¿sobre qué tema?, pues sobre el coronavirus y las recomendaciones que había que seguir para protegerse. Cuando regresó a la casa encontró que su mamá y sus hermanos Francisca, de seis años, y Alberto, de nueve, habían regresado, para él fue una sorpresa porque no había vuelto hablar del tema con su papá.

Por la noche Guillermo y Patty conversaban sentados en la cama, Andrés con sus hermanos jugaban en el comedor. Patty jugaba con su amplia falda, se cubría y descubría los pies, su cabello negro y ondulado le caía más abajo de sus hombros, Guillermo pensó en lo linda que estaba.

−Desde mañana habrá que permanecer en casa por la cuarentena y el toque de queda.

−Pero yo me puedo ir al mercado desde las cinco de la mañana, en eso hemos quedado con los compañeros.

Patty puso cara de desacuerdo, pero sólo le recomendó que saliera con todas las precauciones porque podría traer el virus a la casa. Después ella le comentó que había estado trabajando en una peluquería y tenía un dinerito ahorrado que les podría servir para mantenerse durante la cuarentena.

Una mañana, Andrés regresaba de la casa de su abuela Azucena a quien había llevado medicinas y víveres, vio tirado en una acera el cuerpo de un hombre, le intrigó y le aterró esa visión. Desde la acera de enfrente creyó reconocer a Paquito e hizo intención de acercarse para ayudarlo, pero una señora desde una ventana lo previno.

−No te acerques, niño.

−Pero es Paquito, creo que lo han asaltado…

−No sufrió un asalto, está muerto por el Covid 19.

−¿Y se va a quedar así, tirado en la calle?… −mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

−Ya hemos avisado, pero se tardan en venir a recoger el cuerpo, mejor vete a tu casa niño. Mientras alguien se acercó y cubrió el cuerpo con un plástico.

Andrés corrió a su casa, llegó agitado, sudando, con el corazón en la boca, le contó a su mamá lo que había visto, la mamá lo abrazó y le dijo que era mejor que no salga.

Luego todo se precipitó, los vecinos que enfermaron no podían ingresar en los hospitales, los enfermos se ahogaban y no había oxígeno, otros no sabían nada de sus familiares ingresados, vecinos muertos en sus casas, una de ellas la abuelita de Andrés, también Federico el que hacía los fletes y era muy amigo de su papá. Fue un caos.

Lloraron mucho en la casa de Andrés, el papá prefirió quedarse en su hogar, esperando que pase lo peor y porque se dio cuenta de que su mujer lo necesitaba. Patty sentía mucho dolor por el deceso de su madre.

Dos noches antes del fallecimiento, Azucena les había comunicado que la abrazaba la fiebre y le costaba respirar. Con mucho temor se desplazaron hasta la casa de ella, escondiéndose cuando veían pasar los patrulleros, pues, eran conscientes de que estaban en toque de queda. Después también llegaron los hermanos mayores de Patty, fue entonces que la madre les dijo que no quería ir a un hospital porque le tocaría morir sola en medio de gente extraña. Guillermo y sus cuñados salieron a buscar un tanque de oxígeno, llamaron a amigos y contactos, les pedían quinientos dólares por el tanque, prestaron dinero a comerciantes conocidos, pero ellos les decían que apenas lograban conseguir para el gasto diario. Finalmente reunieron el dinero entre todos, pero cuando llegaron con el tanque ella había fallecido.

En medio de la pena Patty tuvo que afrontar sus sentimientos de culpa, le torturaba el hecho de haberla dejado sola justo al inicio de la pandemia, que debió llevarla al hospital pese a su oposición, quizás allí la hubieran salvado…Le hubieran dado todo lo que necesitaba… ¿Todo? Hasta para que retiren el cadáver tuvieron problemas, los responsables tardaron, que estaba todo colapsado, dijeron.

Guillermo insistía en que se tranquilice, que hicieron lo mejor que pudieron, lo que estuvo en sus manos, aunque él también llevaba su procesión, la muerte de primos, tíos, amigos y vecinos, ¿qué quedaba ahora? Sólo apretar los dientes y seguir adelante.

El noticiero en televisión informó que se habían realizado importaciones con sobreprecios; FUNDAS PARA CADÁVERES, ALIMENTOS PARA REPARTIR A LA POBLACIÓN MÁS NECESITADA Y MUCHOS INSUMOS MÉDICOS PARA LA PANDEMIA.

Cuando la situación mejoró, Andrés salió con su mascarilla y fue a ver como estaban la maestra y su familia. Magdalena salió y se sentaron en el escalón de la entrada.

−Señorita, dicen que las clases van a ser por computadora y yo no tengo, wifi tampoco.

−No te preocupes, puedes venir a mi casa a recibir tus clases que son en la mañana y yo doy mis clases a los estudiantes en la tarde.

−¿Qué va a pasar ahora?, tantos enfermos, tantas muertes… −y Andrés le contó lo ocurrido con su abuelita.

−Aunque es doloroso lo sucedido, fue mejor que falleciera en su casa, ahora hay muchos cadáveres amontonados, dicen que nadie sabe quién es quién.

−¿Será que el planeta está enojado con nosotros? Porque lo hemos dañado, le hemos hecho muchas cosas malas.

−Ojalá esto nos impulse a cambiar, no podemos seguir igual, de lo contrario este virus nos va a seguir castigando, no hemos respetado a la naturaleza, muchos no han respetado a las personas ni a las instituciones.

Así hablaban el niño y la maestra, con tantos cuestionamientos y preguntas sin respuestas, a cierta distancia un hombre los miraba, ¿era un hombre o una “presencia”? Se dio media vuelta y se alejó, se perdió por en medio de esas calles y casitas sencillas, más allá estaba el estero.